Nunca pensé que pasaría un frio tan horrible como el que pasé ayer. Era el funeral de la madre del guiri y por un momento olvidé que me encuentro en mitad de los Alpes nevados. Abrí el armario y elegí: pantalones negros, camisa gris, chaquetita mini negra, zapatos de tacón de aguja negros con lazo al más puro estilo lady di; y con eso y un abriguito negro me presenté en la santa iglesia.

Las iglesias no solo no han cambiado su manera de actuar desde hace siglos sino que encima tampoco han descubierto las maravillas de la tecnología. En el templo hacía más frio que en la calle. Los termómetros marcaban menos trece grados y durante la larga hora que estuve sentada oyendo el sermón en alemán por mi mente solo rondaba la macabra idea de que cuando saliese de allí tendría que ir directamente a ver a un doctor para que me amputasen los pies.

Después, en el cementerio, a la intemperie, no solo se me heló el corazón de ver al guiri destrozado despidiéndose de su madre, sino que se me heló la cara entera y cuando pasaron los males y me monté en el coche rumbo a la tradicional reunión familiar, abrí mi espejito de mano y vi como se me habían cuarteado las dos mejillas. Jamás me había pasado algo así.

Por la noche llegamos a menos 33 grados. No tengo comentarios al respecto. Hoy creo que tengo anginas, llevo todo el día en la cama y me siento como el yeti.