Ayer salí de copas con el guiri y sus compañeros adolescentes de trabajo.

Sentarme en una barra de bar en cualquier sitio fuera de España me supone media hora de explicación al camarero de turno sobre lo que me apetece beber. 

En Madrid no me supondría ni medio segundo, un ron con cocacola, si, gracias, adiós. Aquí tienes que expecificar que quieres un ron marroncito y no la patraña de bacardi que beben ellos, luego tienes que suplicarle que le ponga mucho hielo (en muchas ocasiones "mucho hielo" para ellos significa dos cubitos del tamaño de un conguito), llegados a este punto le dices al camarero que te sirva un vaso con hielos como en el "burguer king" , más tarde tienes que amenazarle para que no te sirva coca cola de la botella de dos litros que lleva abierta toda la noche y como guinda final le pides el limón, que normalmente suele ser lima.

Y así, ayer me bebí mientras oía cantos tiroleses y miraba extasiada los movimientos de los extranjeros la no despreciable cantidad de 5 roncolas.

Hoy me he levantado tirado de la cama a eso de las 12, me he puesto mis botas de suela lisa y como valiente aventurera que soy me he dispuesto a salir al supermercado del pueblo en busca de algo de beber que no fuese agua del grifo, coca cola o cerveza; más que nada por que tenía la lengua cual estropajo.

Mi pueblo es como una gran pista de patinaje por la que yo me deslizo con mis suelas planas. Después de hacer equilibrismos varios y pensar unas doscientascincuenta veces que me iba a partir la crisma en cualquier esquina he decidido que voy a volver de España con unos zapatos de flamenca con clavos en los suelas. Así recuperaré mis andares y dejaré de ir a micropasitos.

Ahora estoy sola en casa bebiendome un batido de yogur de fresa (echaba de menos el danup) y me sorprendo a mi misma viendo que estos locos austriacos le ponen burbujas a esta adorada bebida. No se a que clase de mente diabólica se le ocurrió semejante atrocidad, pero en fin, ¡salud!