Me está saliendo una de las muelas del juicio, en el lado derecho, abajo, e invierto mi tiempo en tocar el agujerito doloroso con la puntita de la lengua y mirar en el espejo con la macabra esperanza de que se vea un pequeñito piquito, sintoma de que la muy capulla tortuosa cosita salga a la luz.
Hace unos años me salieron las dos de arriba, mi madre, que es especialista en pasar de este tipo de temas, me dijo: "luli, vete a eso que anuncian en la tele, si, si, a vitaldent,que yo estoy muy ocupada con el colegio de tus hermanas y bla bla bla ru ru ru", vamos, que pasaba de pedirme una cita. Si, en mi casa funciona así, cuando hay que ir al médico le pides cita a mi madre y ella se encarga del resto.
Valiente de mi fuí convencida a la susodicha sala de torturas. En uno de los momentos en los que el Doctor, después de haberme hecho un presupuesto de 600 euros por lo mal que veía mi cavidad bucal, luchaba con sacar a la muy maldita, se le ocurrió mirar a la enfermera y decir: "Renata, traeme algodón, que aquí hay mucha sangre. ¡absorbe!¡absorbe!" lo que produjó que yo quedase totalmente inconsciente en la camilla.
Cuando recobree la vida, el hombre de bata blanca me miraba con cara de pánico mientras me enseñaba su arma con mi muela incrustada y las enfermeras intentaban reanimarme a base de coca cola. Supuestamente tenía cita para la semana siguiente con el fin de quitarme la otra bendición, pero opte por pasar y ahora la llevo puesta, de decoración, en el fondo de mi paladar.
Estoy empezando a sentir sudores frios y miedos horripilantes al darme cuenta de que voy a tener que regresar al infierno o seguir dopándome de por vida con ibuprofeno.